Del vínculo intermitente entre libertarios y macristas hasta las internas inagotables del peronismo, la dirigencia nacional transita un bucle permanente que aleja a la sociedad.
Suele atribuirse a Arturo Frondizi aquella máxima de que, si uno se va de la Argentina por veinte días y regresa, encuentra todo cambiado; pero si se ausenta por veinte años, todo sigue exactamente igual. Sin embargo, al aplicar este ejercicio de elasticidad temporal a la era Milei, la sensación es que el plazo necesario para notar la repetición es mucho más breve. La política argentina se ha convertido en un auténtico Juego de la Oca donde las reuniones, los cortocircuitos y las especulaciones electorales vuelven, una y otra vez, a la casilla de salida.
Esta dinámica circular no hace más que profundizar el desdén y el aburrimiento de una sociedad que observa cómo los títulos periodísticos se reciclan con la precisión de un reloj. Las recientes cumbres entre dirigentes del PRO y La Libertad Avanza en la Casa Rosada para limar asperezas y tantear acuerdos electorales parecen un calco exacto de gacetillas publicadas en 2024 o 2025. Cambian algunos nombres —con un Diego Santilli que transita de emisario macrista a jefe de Gabinete libertario—, se reciclan los actores y se barajan las mismas dudas sobre candidaturas futuras, pero el fondo de la escena permanece inalterable: desconfianzas mutuas, mediciones de encuestas y amagues de ruptura que nunca terminan de concretarse.
Del otro lado del mostrador, la coreografía de los gobernadores dialoguistas tampoco escapa a este bucle. El desfile constante por despachos oficiales para reclamar fondos, discutir tarifas o negociar apoyos legislativos replica una rutina donde los mandatarios provinciales alternan entre el enojo, la amenaza de independencia y la clásica foto sonriente a cambio de «caramelos federales» y votos en el Congreso.
En la vereda opositora, el peronismo protagoniza su propio espejo retrovisor. Las cumbres entre Axel Kicillof, Máximo Kirchner y Sergio Massa para encauzar la interna y rediscutir la ingeniería electoral se leen con idéntico libreto desde hace años. Las tensiones por las candidaturas, las expectativas de llamados telefónicos que nunca vibran y la búsqueda permanente de una unidad esquiva configuran un relato crónico que se repite como farsa o como tragedia.
Al fin y al cabo, mientras la economía transita sus propios procesos y debates estructurales, la superestructura política argentina parece atrapada en su propio laberinto. Un escenario donde la novedad escasea y donde los dirigentes, aferrados a sus viejas fórmulas, demuestran una y otra vez que gobernar y hacer política es, sobre todo, ensayar la misma obra con distintos actores.
