La guerra en Medio Oriente alteró el abastecimiento energético, impulsó las cotizaciones del crudo y aumentó la incertidumbre financiera. Especialistas consultados por Ámbito plantean tres escenarios para los próximos tres a seis meses y señalan las variables que podrían definir los precios, desde la circulación por el estrecho de Ormuz hasta las tasas estadounidenses y la recuperación de las exportaciones.
La guerra en Medio Oriente pasó de ser un conflicto que algunos sectores consideraban de resolución rápida a convertirse en un factor de fuerte impacto sobre la economía global y los mercados financieros. La intervención militar de Estados Unidos e Israel en Irán modificó las perspectivas del sector energético y generó nuevas dificultades para el abastecimiento internacional de petróleo.
Desde el inicio de las operaciones militares, el precio del Brent pasó de aproximadamente US$ 72,5 a US$ 104 por barril, lo que representa un incremento del 44%. En el mismo período, el West Texas Intermediate (WTI) avanzó desde unos US$ 67 hasta cerca de US$ 91, con una suba del 37%.
La trayectoria de ambos indicadores estuvo marcada por episodios de escalada militar, negociaciones diplomáticas que no lograron resolver el conflicto y nuevas ofensivas iraníes destinadas a restringir el suministro energético regional.
El impacto inicial se concentró en el estrecho de Ormuz, una vía estratégica por la que circula cerca de una quinta parte del petróleo mundial. Las restricciones al transporte marítimo interrumpieron exportaciones, obligaron a varios países del Golfo a reducir su producción y provocaron fuertes aumentos en las cotizaciones. En abril, el Brent físico llegó a registrar valores cercanos a los US$ 138 por barril.
Las consecuencias trascendieron el mercado energético. El encarecimiento del crudo repercutió sobre los combustibles, los costos del transporte y las expectativas de inflación y crecimiento económico a escala global.
Con el correr de los meses, la tensión se extendió a otras rutas e instalaciones estratégicas. La intensificación de los ataques de los hutíes en el mar Rojo y las amenazas sobre el estrecho de Bab el-Mandeb abrieron nuevos frentes de incertidumbre. A eso se sumaron las ofensivas contra infraestructura petrolera saudita y el ataque al aeropuerto de Riad mencionado en el análisis de origen.
En septiembre, los ataques contra el oleoducto Este-Oeste de Arabia Saudita, una de las principales rutas alternativas al estrecho de Ormuz, interrumpieron temporalmente el transporte de más de cinco millones de barriles diarios. El episodio llevó al Brent físico hasta los US$ 131 por barril.
El escenario representa un cambio significativo respecto de la situación anterior a la guerra. Antes del conflicto, el mercado internacional anticipaba una posible sobreoferta, con el Brent alrededor de los US$ 70 y expectativas de nuevas bajas debido a que la producción crecía por encima del consumo.
La situación actual, en cambio, está condicionada por las restricciones al abastecimiento y los riesgos que afectan a las principales rutas comerciales. Frente a ese panorama, las economías del G7 acordaron acelerar la liberación de alrededor de 100 millones de barriles de reservas estratégicas, mientras la OPEP+ mantiene bajo revisión su política de producción ante las dificultades para recuperar los flujos comerciales.
Las medidas buscan moderar el impacto económico de un mercado energético cada vez más expuesto a los acontecimientos geopolíticos.
A partir de este escenario, especialistas en geopolítica energética y mercados consultados por Ámbito analizaron cómo evolucionaron los precios, qué alternativas podrían presentarse durante los próximos meses y cuáles son los indicadores que permitirán seguir el rumbo del petróleo.
Brent y WTI: por qué se amplió la diferencia entre ambos precios
Nicolás Núñez, investigador del CIEN y especialista en geopolítica y mercados, sostuvo que los inversores dejaron de reaccionar únicamente a las declaraciones políticas y comenzaron a prestar mayor atención a las señales concretas sobre el abastecimiento.
Para explicar esa dinámica, retomó los planteos de Thomas Schelling sobre la credibilidad de los compromisos y de James Fearon sobre las señales difíciles de revertir. Desde esa perspectiva, el mercado comenzó a valorar especialmente los cambios efectivos en los costos de transporte, los seguros y los volúmenes de petróleo que consiguen llegar a destino.
En palabras de Núñez, “el mercado ya no pricea palabras baratas, sino ‘señales costosas de revertir’”. La expresión apunta a que las declaraciones diplomáticas tienen un efecto limitado cuando no están acompañadas por cambios verificables en las condiciones de circulación y suministro.
El especialista explicó que, desde agosto, el piso de cotización del crudo pasó de la franja de US$ 60-65 a valores de entre US$ 85 y US$ 90. Atribuyó ese cambio a los costos logísticos, que, según su evaluación, podrían continuar elevados hasta 2027.
Otro indicador relevante es la diferencia de precios entre el Brent y el WTI. De acuerdo con Núñez, esa brecha se amplió en dólares y pasó de representar aproximadamente un 8% a ubicarse en torno al 12% respecto del WTI.
La diferencia responde, en parte, a las condiciones físicas y logísticas de cada referencia. El Brent se vincula con un mercado marítimo, en el que los fletes y las primas de seguro tienen un peso importante. El WTI, por su parte, se comercializa en un mercado terrestre respaldado por una producción estadounidense elevada.
“El Brent se forma en el mar y absorbe fletes y primas de seguro récord; el WTI se forma en tierra, respaldado por una producción estadounidense récord”, explicó Núñez.
Aunque ambos precios continúan conectados por el comercio internacional, el especialista sostuvo que la brecha permite observar cuánto cuesta y qué nivel de riesgo implica transportar petróleo por vía marítima.
La recuperación parcial de algunos flujos comerciales tampoco significa que el abastecimiento haya vuelto a la normalidad. Núñez señaló que determinadas instalaciones, como Ras Tanura, retomaron operaciones, pero persisten daños en infraestructura energética crítica cuya reparación podría prolongarse durante años.
A esto se suma la reducción de las reservas estratégicas, un factor que refuerza la necesidad de contar con suministros alternativos ante posibles interrupciones.
Ignacio Baratta, operador de petróleo crudo de Quintana Energy, también consideró elevados los precios actuales. Como referencia, recordó que durante una tregua el Brent había descendido desde US$ 71 hasta US$ 68,5 en pocas ruedas.
Sin embargo, el fracaso de las negociaciones y la proximidad del invierno boreal modificaron nuevamente las perspectivas. Según Baratta, los márgenes de refinación se ampliaron y la menor disponibilidad de productos derivados se convirtió en uno de los principales problemas del mercado.
“La caída en la oferta de refinados hace que la refinación luzca como el gran cuello de botella a nivel internacional”, afirmó.
El especialista vinculó esa situación con los mayores costos de transporte y la necesidad de abastecer a los mercados asiáticos desde nuevos orígenes.
La reducción de inventarios también limita la capacidad del mercado para absorber interrupciones adicionales. Aun cuando se normalice el tránsito marítimo, los daños en refinerías y las restricciones logísticas podrían demorar la recuperación de la oferta de combustibles.
Baratta advirtió, además, sobre un desacople inusual entre el mercado físico del crudo y los instrumentos financieros vinculados con su cotización. Esa diferencia podría reflejar expectativas de una resolución del conflicto, aunque la evolución efectiva dependerá de la recuperación del suministro.
Cómo se traslada el encarecimiento del crudo a los mercados financieros
El aumento del petróleo no afecta únicamente a las empresas energéticas. También repercute sobre la inflación, las tasas de interés, los costos de producción y los márgenes empresariales, con consecuencias diferentes según la actividad económica.
Núñez retomó el enfoque del economista Lutz Kilian, que distingue los efectos de las variaciones del petróleo según respondan a cambios en la oferta o en la demanda.
En el escenario actual, el especialista identificó un shock de oferta: las restricciones al abastecimiento reducen la disponibilidad de crudo y mantienen las presiones sobre los precios. Esa dinámica dificulta el proceso de desinflación y puede condicionar las decisiones de política monetaria.
El análisis de origen señala que, en Estados Unidos, el índice de precios al consumidor pasó de una variación interanual del 4,2% en mayo al 3,35% en agosto. También sostiene que la Reserva Federal volvió a subir las tasas en septiembre, por primera vez desde 2023.
En ese contexto, el aumento de las tasas reales y una mayor oferta de deuda elevaron el costo del financiamiento. Núñez explicó que el fenómeno no se limita a la inflación esperada, sino que también incluye el rendimiento adicional que los inversores exigen para prestar dinero.
“Lo que sube es el premio que se exige por prestar, no solo la inflación esperada”, señaló.
El impacto también se reflejó en distintos segmentos del mercado financiero. Según los datos incluidos en el material de origen, los bonos de largo plazo registraron presiones, los servicios públicos acumularon una caída anual del 8% y los mercados emergentes retrocedieron un 2,9% en septiembre.
En contraste, el sector energético lideró las ganancias, con una suba del 39%, aunque con episodios de volatilidad. El consumo defensivo tampoco consiguió consolidarse como refugio, mientras que la tecnología mostró mayor resistencia.
El Nasdaq acumulaba un avance del 21% desde febrero, según las cifras del análisis. Sin embargo, Núñez advirtió sobre la elevada concentración de ese mercado dentro del S&P 500 y el riesgo que podrían representar nuevas subas de las tasas reales.
Baratta planteó que el petróleo caro también puede debilitar el consumo y la actividad económica. Por ese motivo, sostuvo que el efecto sobre la política monetaria dependerá de cuánto tiempo se mantenga el shock energético.
Entre los sectores que podrían beneficiarse identificó a los productores de petróleo ubicados fuera de las zonas de conflicto y a las refinerías que mantengan un suministro estable. En el otro extremo, las aerolíneas, el transporte, la logística y las industrias intensivas en derivados del petróleo enfrentan mayores costos.
El impacto concreto dependerá de las coberturas que tenga cada empresa y de su capacidad para trasladar esos gastos a los precios finales.
El operador de Quintana Energy también advirtió que una mejora operativa no garantiza por sí sola una suba de las acciones. Las cotizaciones pueden haber incorporado previamente las expectativas de mejores resultados, por lo que el comportamiento bursátil no necesariamente acompaña de manera directa la evolución del negocio.
Los tres escenarios que podrían definir el precio del petróleo
Para los próximos tres a seis meses, Núñez y Baratta plantearon tres escenarios posibles para el Brent y el WTI. Las proyecciones son rangos orientativos de cotización, no promedios anuales, y dependen principalmente de la evolución del conflicto, la seguridad de las rutas marítimas y la recuperación del abastecimiento.
Qué variables seguir durante los próximos meses
Núñez y Baratta coincidieron en que el principal indicador será la recuperación efectiva del abastecimiento. Para evaluarla, será necesario observar los volúmenes de petróleo que atraviesan el estrecho de Ormuz, la evolución de los ataques en el mar Rojo y el estado operativo del oleoducto Este-Oeste de Arabia Saudita.
Baratta agregó otros factores: los niveles de inventarios, las compras de China, la demanda durante el invierno boreal y los costos de transporte. También mencionó la posibilidad de una prohibición estadounidense de exportar diésel como una variable que podría alterar el comercio internacional de combustibles.
Núñez, por su parte, destacó el comportamiento de las opciones financieras vinculadas con el petróleo y la evolución de las tasas reales estadounidenses como indicadores para seguir las expectativas del mercado y las condiciones de financiamiento.
Las decisiones de la Reserva Federal y las elecciones legislativas de noviembre en Estados Unidos también forman parte de las variables a monitorear. A esto se suma la capacidad efectiva de la OPEP+ para responder a las restricciones y el alcance que tenga la liberación de reservas estratégicas.
En los mercados financieros, una normalización del suministro podría favorecer a las aerolíneas, el consumo y las empresas tecnológicas, al reducir parte de las presiones sobre los costos y la inflación.
Si las restricciones persisten, en cambio, las petroleras, las refinerías y las empresas de gas natural licuado podrían mantener márgenes favorables, mientras que los bonos de largo plazo y los mercados emergentes seguirían expuestos a las presiones financieras.
Una nueva escalada militar beneficiaría relativamente a los sectores de energía y defensa, pero perjudicaría a los países importadores netos de hidrocarburos y a las actividades con una alta dependencia de los combustibles.
El efecto sobre Argentina: más divisas, pero también riesgos financieros
Para Argentina, el encarecimiento del petróleo presenta efectos contrapuestos. Por un lado, un precio internacional elevado puede incrementar los ingresos por exportaciones energéticas y contribuir al ingreso de divisas. Por otro, puede aumentar los costos internos de los combustibles y el transporte, además de generar nuevas presiones sobre la inflación.
Núñez destacó que el país registró un superávit energético de US$ 7.834 millones entre enero y agosto, según las cifras citadas en el análisis de origen.
Ese resultado puede funcionar como un amortiguador frente al impacto comercial de la crisis energética. Sin embargo, el especialista advirtió que el principal riesgo para Argentina seguiría siendo financiero, debido al posible encarecimiento del crédito internacional.
Si las tasas estadounidenses permanecen elevadas y los inversores exigen mayores rendimientos para financiar economías emergentes, las condiciones de acceso al crédito pueden deteriorarse, incluso para países que se benefician de mejores ingresos por exportaciones energéticas.
Por eso, el efecto final de la crisis sobre la economía argentina dependerá tanto de la evolución de sus exportaciones como del comportamiento de las tasas internacionales, el tipo de cambio, los costos internos y las condiciones de financiamiento.
El rumbo del petróleo durante los próximos meses estará condicionado, en definitiva, por la interacción entre el conflicto geopolítico, la recuperación de la oferta y la respuesta de los mercados. La diferencia entre una normalización gradual y una nueva escalada no solo determinará el precio del Brent y el WTI: también puede repercutir sobre la inflación, las tasas de interés, la actividad económica y las perspectivas financieras de países importadores y exportadores de energía.
