El Congreso volvió a ser el escenario de las tensiones no resueltas en el seno del Poder Ejecutivo. La frustrada sesión en el Senado, motivada por la sombra de la investigación contra el jefe de Gabinete Manuel Adorni, dejó al descubierto la falta de una estrategia unificada en La Libertad Avanza. Entre pases de factura hacia Patricia Bullrich, sospechas de maniobras del PRO y un intento de relanzamiento comunicacional, el Gobierno no logra salir del laberinto que le impone su propia interna.
La parálisis legislativa del pasado jueves no fue un accidente, sino el síntoma de un oficialismo que intenta navegar en aguas turbulentas. Mientras la cúpula de Balcarce 50 mantiene su defensa férrea del jefe de Gabinete, el Congreso funciona como un espejo de la falta de coordinación: allí donde deberían primar los acuerdos, proliferan las versiones cruzadas y las recriminaciones.
El laberinto Adorni
La investigación por presunto enriquecimiento ilícito contra Manuel Adorni se ha transformado en un «núcleo duro» de conflicto. Mientras el bloque libertario intentó evitar una sesión que pudiera derivar en una interpelación al funcionario, el resto de la oposición —y sectores aliados— buscaron capitalizar la fragilidad política del ministro.
El resultado fue la caída de la agenda oficial, incluido el proyecto de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, una iniciativa clave del ministro Federico Sturzenegger que quedó relegada por las urgencias del control de daños.
Fuego amigo y tensiones con el PRO
La sesión frustrada dejó expuesta la creciente autonomía de Patricia Bullrich. Desde los despachos de la Rosada, sectores del entorno presidencial facturaron a la senadora una supuesta falta de pericia parlamentaria, sugiriendo que las diferencias personales con Adorni terminaron condicionando la gestión.
Por otro lado, la mirada también se posó en el PRO. Según fuentes cercanas al «karinismo», la presión del bloque amarillo por interpelar al jefe de Gabinete responde a una estrategia de Mauricio Macri para marcar territorio, en medio de los desencuentros entre el expresidente y el gobierno de Javier Milei. «El calabrés reaccionó», deslizaron irónicamente desde el oficialismo, dejando en claro que la relación entre los socios estratégicos atraviesa su momento de mayor fragilidad.
¿Un relanzamiento sin rumbo?
Para intentar pasar de página, Milei apostó por una reconfiguración en el área de comunicación con el ingreso de Adrián Ravier y Fabián Fernández. El objetivo: suavizar el tono de la gestión y recuperar la iniciativa. Sin embargo, la persistencia de los cortocircuitos internos sugiere que el problema de fondo no es comunicacional, sino de arquitectura política.
Mientras el Gobierno insiste en que la permanencia de Adorni es un «debate terminado», la realidad del Congreso cuenta otra historia. La gestión se mantiene bajo un esquema de «vamos viendo» que, si bien funciona cuando los números acompañan, se vuelve inmanejable ante la menor sospecha de debilidad. El desafío del oficialismo ahora no es solo externo, sino la imperiosa necesidad de ordenar una tropa que, puertas adentro, sigue funcionando como un conjunto de tribus con agendas divergentes.
