La reaparición de Sergio Berni en el Senado bonaerense confirmó una táctica recurrente: el senador parece haber retomado su rol de «francotirador» dentro del peronismo. Su intervención en la primera sesión del año no aportó soluciones para la emergencia social que reclama, sino que sirvió exclusivamente para agitar una interna que busca debilitar el liderazgo de Axel Kicillof. En lugar de propuestas legislativas para el Conurbano, el exministro volvió a escena con una agenda de ruptura que no ofrece alternativas de gestión, sino que se limita a dinamitar los puentes dentro del oficialismo.
La jornada en el Senado provincial no dejó espacio para dudas sobre el objetivo de Berni. Mientras el oficialismo necesita cohesión frente a la presión económica y social, el jefe del bloque oficialista eligió utilizar el recinto como una caja de resonancia para sus contradicciones personales y sus ataques a la conducción provincial.
La política del «cuánto peor, mejor»
Lo que más resalta en el despliegue del senador no es la defensa de los intereses bonaerenses, sino la falta de una alternativa política real. Berni reclama lealtades y cuestiona posicionamientos, pero no ha presentado un proyecto que supere las políticas que él mismo respaldó hace pocos meses. Su discurso carece de contenido propositivo: se enfoca en el agravio, en la desautorización de la vicegobernadora Verónica Magario y en el cuestionamiento al gobernador, sin que en ninguna de sus intervenciones se vislumbre una hoja de ruta para resolver los problemas de los bonaerenses.
Un historial de contradicciones tácticas
El dirigente ha hecho de la inconsistencia su sello distintivo. Pasó de distanciarse del kirchnerismo para luego elogiar a Kicillof como «el único candidato a presidente», para finalmente terminar exigiendo hoy una defensa a ultranza de Cristina Kirchner que él mismo no practicó cuando decidió «cortar el cordón umbilical» con el espacio.
Esta volubilidad no responde a un cambio de convicciones, sino a un posicionamiento táctico:
- Ausencia de propuestas: A diferencia de otros sectores que plantean discusiones sobre la gestión, Berni se mantiene en la trinchera del ruido político, evitando la responsabilidad de construir.
- Desgaste del liderazgo: Sus ataques, sumados a las críticas de figuras como Mario Ishii, buscan deliberadamente poner un techo al crecimiento político de Kicillof, proyectando la imagen de un oficialismo ingobernable.
- Ruptura como fin: Su comportamiento en el Senado sugiere que su objetivo principal es fragmentar el armado que el gobernador intenta consolidar para enfrentar los desafíos de la gestión provincial.
El costo de una interna estéril
Mientras el peronismo bonaerense debate su futuro, la actitud de Berni solo sirve para profundizar la desorientación de las bases. En un distrito que exige soluciones urgentes, la estrategia del senador parece desconectada de las necesidades de la gente. Romper lo que otros intentan construir, sin ofrecer nada a cambio más que confrontación, es una apuesta que coloca al dirigente en un lugar de aislamiento político, donde la palabra «lealtad» parece usarse solo cuando resulta funcional a su propia visibilidad.
En definitiva, Berni ha vuelto a demostrar que su paso por la política actual no busca la construcción de una alternativa de poder ni la mejora de la administración provincial, sino la simple interrupción del proceso político que hoy conduce Kicillof. El peronismo, una vez más, queda rehén de una figura que prefiere la estridencia del micrófono cortado por sobre el trabajo silencioso de la gestión.
