Tras el devastador doble terremoto que sacudió al país, Venezuela enfrenta una emergencia sanitaria sin precedentes. Con más de 2.000 muertos y miles de desaparecidos, el sistema de salud —que ya arrastraba años de deterioro y falta de inversión— ha colapsado ante la llegada masiva de heridos, operando en condiciones precarias y con una alarmante escasez de insumos médicos básicos.
El epicentro de la tragedia, el estado La Guaira, es el reflejo más crudo de la crisis. Según reportes de organizaciones internacionales como la OMS y la OPS, la capacidad hospitalaria ha sido reducida drásticamente. El Hospital Dr. Rafael Medina Jiménez, una pieza clave en la atención, perdió casi el 70% de su capacidad operativa, forzando a médicos a atender a pacientes en el suelo o en centros improvisados, como restaurantes de comida rápida.
Un sistema debilitado desde antes de la catástrofe
La emergencia actual ocurre sobre una estructura sanitaria que ya funcionaba al límite. Expertos señalan que el desabastecimiento de medicamentos e insumos quirúrgicos superaba el 37% previo al desastre, sumado a un déficit del 60% en la capacidad quirúrgica nacional. A esto se le agrega:
- Infraestructura crítica dañada: Tres de los ocho principales hospitales evaluados en La Guaira y Caracas presentan daños estructurales graves.
- Servicios básicos ausentes: Cortes de energía sin respaldo, falta de agua potable, fallas en telecomunicaciones y morgues operando por encima de su capacidad complican las tareas de rescate y atención.
- Crisis de talento: La falta de profesionales de la salud, producto de un éxodo masivo en la última década, deja a los hospitales actuales con personal insuficiente para cubrir la demanda.
El futuro inmediato: prevención y salud mental
Mientras la prioridad actual sigue siendo la atención de traumas, fracturas y lesiones por aplastamiento, los expertos advierten que las próximas semanas serán críticas. El hacinamiento en refugios improvisados y la interrupción de los esquemas de vacunación elevan el riesgo de brotes de enfermedades infecciosas, como el tétanos, sarampión y enfermedades gastrointestinales.
Asimismo, la salud mental emerge como un desafío silencioso pero urgente. «Muchos profesionales están salvando vidas mientras buscan a sus propias familias y lidian con el trauma de su pérdida», advierten desde la organización Project HOPE. La situación recuerda a la tragedia de 1999 en el mismo estado, cuando deslaves devastadores obligaron al país a depender durante meses de ayuda internacional para restaurar los servicios básicos, un escenario que hoy amenaza con repetirse a gran escala.
