El precio del metal rojizo llegó a trepar a más de 14.200 dólares de la mano del accionar de Estados Unidos y de los aranceles impuestos por Donald Trump. ¿Por qué tanto interés?: es el metal que alimenta la inteligencia artificial (IA).
En las últimas sesiones, el cobre recuperó una extrema fortaleza en la Bolsa de Metales de Londres (LME), superando la barrera histórica de los 14.000 dólares por tonelada. Este repunte responde a una combinación de factores geopolíticos, tensiones comerciales y una demanda estructural sin precedentes vinculada al sector tecnológico.
La presión de los aranceles y el imán estadounidense
El mercado se encuentra a la expectativa de las medidas arancelarias del gobierno de Donald Trump, bajo el amparo de la seguridad nacional, que podrían imponer aranceles de hasta el 50% a los derivados del cobre. Ante este escenario, se produjo una llegada masiva de más de 200.000 toneladas del metal a los puertos de EE.UU. en un solo mes, generando una acumulación interna y tensionando los inventarios globales, los cuales tocaron mínimos de cinco meses en Londres. Esta escasez a corto plazo se refleja en una fuerte situación de backwardation, donde los precios spot superan ampliamente a los contratos a futuro.
El rol crítico de la inteligencia artificial
Más allá de la coyuntura comercial, el verdadero motor de fondo del ciclo alcista es su papel protagónico en la transición energética y, de manera muy destacada, en el desarrollo de la inteligencia artificial (IA):
- Conectividad masiva: Los centros de datos dedicados a la IA consumen enormes cantidades de electricidad. Para transportarla y alimentar la infraestructura de servidores, el cobre resulta prácticamente insustituible debido a su elevada conductividad.
- Consumo multiplicado: Un único centro de datos de IA a gran escala puede demandar más de tres veces el cobre utilizado por una instalación convencional.
- Déficit estructural: Proyecciones de S&P Global advierten que el déficit anual de cobre podría alcanzar los 10 millones de toneladas hacia 2040, impulsado también por la electrificación de la economía y la expansión de la computación en la nube.
Ante este panorama de escasez de oferta y demanda sostenida, grandes bancos de inversión y analistas apuntan a que yacimientos y proyectos en regiones mineras clave —como Latinoamérica y Argentina— ganan un atractivo geopolítico y económico superlativo.
