Una investigación reciente de la consultora Moiguer sobre hábitos y percepciones muestra que el estatus económico se redefine a partir de nuevas pautas de reconocimiento y consumo, donde el éxito individual desplaza al estigma de la riqueza.
El concepto de riqueza en Argentina ha experimentado un giro copernicano en los últimos años. Según Fernando Moiguer, experto en consumo, la sociedad ha pasado de ocultar el patrimonio a legitimarlo como un fruto del esfuerzo personal. Un dato revela la profundidad de este cambio cultural: el 59% de los argentinos ya no ve con sospecha a quien hace dinero, sino que lo respeta. Este nuevo paradigma económico describe a un sector que, aunque representa solo el 6% de la población, concentra el 34% de la riqueza total del país. Con un piso de ingreso mensual de USD 8.000 —una cifra paradójicamente baja en términos internacionales pero altísima para la realidad local—, la elite argentina ha dejado de esconderse tras la etiqueta de «clase media» para exhibir una visibilidad pública inédita desde 1929.
Dentro de este ecosistema de privilegio, Moiguer identifica tres perfiles bien marcados: los herederos (con patrimonios superiores a USD 40 millones), los autoconstruidos (enfocados en la transferencia del capital a sus hijos) y el fenómeno del «fast money». Este último grupo, impulsado por sectores como los criptoactivos y la economía del conocimiento, es el que más rompe con la discreción tradicional. Son los que triplicaron la presencia de aviones privados en Punta del Este y exhiben un consumo ostentoso sin pudor. A diferencia de la elite de los años 90, que buscaba ser ciudadana del mundo, los ricos de 2026 son «orgullosamente argentinos» y mantienen rituales de cohesión como el asado o el mate, pero con una lógica de movilidad puramente individual: «Me salvé yo a pesar del país».
El fenómeno no es exclusivo de Buenos Aires. La riqueza está migrando y expandiéndose con fuerza hacia el interior, especialmente en ciudades como Neuquén, Salta, Córdoba y Mendoza, donde la construcción de viviendas de alta gama creció diez veces más que en el AMBA tras la pandemia. Sin embargo, este crecimiento tiene un lado oscuro: la «conurbanización» del interior, con cinturones de pobreza rodeando los nuevos desarrollos exclusivos. Mientras este sector impulsa tendencias y legitima el modelo económico actual, la clase media observa cómo la recuperación del consumo masivo se proyecta recién para el año 2030, dejando la apropiación del crecimiento económico concentrada casi exclusivamente en la cima de la pirámide.
En la Argentina actual, ganar dinero ha dejado de ser un «disvalor» para convertirse en un objetivo aspiracional. La gran pregunta es si esta nueva elite, que ya no se esconde, podrá traccionar un desarrollo colectivo o si la brecha social seguirá profundizándose en este nuevo mapa de la prosperidad individual.
