Mientras la Patagonia se convierte en el pulmón laboral del país, el norte argentino sufre la falta de inversión privada y el estancamiento de sus sectores tradicionales.
Argentina atraviesa una transformación silenciosa pero profunda de su geografía económica, y los datos son implacables con el federalismo tradicional. Según estadísticas del Ministerio de Capital Humano analizadas por PwC Argentina, el país apenas sumó 96.052 puestos de trabajo asalariado registrado en los últimos 15 años. Sin embargo, lo que parece un estancamiento general es, en realidad, un proceso de concentración extrema: Neuquén explica por sí sola el 60,8% de esa creación neta de empleo. El despegue de Vaca Muerta ha desplazado el eje productivo hacia la cordillera, dejando al descubierto una crisis de empleabilidad que golpea con fuerza al Norte Grande. Para Tucumán, la estadística es una señal de alerta roja: lejos de acompañar el crecimiento, la provincia forma parte del grupo de jurisdicciones que terminaron el período con saldo negativo en empleo privado formal.
El contraste es desolador para las economías regionales históricas. Mientras Neuquén ganó 58.386 trabajadores registrados, Tucumán registró una caída absoluta de 495 puestos de trabajo privados. Aunque la cifra parece pequeña frente a la pérdida de 42.000 empleos en CABA o los 9.000 de Santa Cruz, el dato tucumano revela un estancamiento estructural: la provincia no logró generar ni un solo puesto neto de trabajo privado genuino en una década y media. El modelo «Vaca Muerta» ha demostrado ser la única política con resultados tangibles, traccionando energía, minería y servicios, mientras que los sectores ligados al consumo interno y la agroindustria tradicional —motores del empleo tucumano— muestran un rezago que el mercado laboral no perdona.
Este escenario plantea un dilema social y geográfico. El empleo se crea hoy donde la gente no vive. La relocalización de familias hacia la Patagonia enfrenta barreras de infraestructura y, fundamentalmente, de capacitación. Las empresas energéticas ya evalúan importar mano de obra calificada del exterior ante la escasez de técnicos locales, mientras que en provincias como Tucumán, el sistema educativo parece no estar formando el capital humano que la nueva matriz productiva demanda. El problema de la Argentina que viene no será la falta de vacantes, sino una brecha de empleabilidad insalvable: sobran manos en los centros urbanos del norte y del AMBA, pero faltan especialistas en las zonas remotas donde realmente está el dinero.
Neuquén es hoy la balsa de salvación de un mercado laboral que, sin la energía, estaría en niveles críticos de retroceso. Para provincias como Tucumán, el desafío es urgente: o se reconvierte la matriz productiva para entrar en la agenda de la energía y la tecnología, o el futuro seguirá siendo un goteo constante de empleos perdidos.
