A pocos meses de las elecciones parlamentarias de octubre, el escenario político israelí atraviesa una metamorfosis. Gadi Eisenkot, exjefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), ha emergido no solo como el principal rival de Benjamin Netanyahu, sino como su antítesis absoluta. En una contienda donde el primer ministro ha dominado durante décadas a través de la retórica confrontativa y el espectáculo mediático, la irrupción de Eisenkot —discreto, estratega y con una historia de vida ligada a la periferia— plantea un desafío inédito para el liderazgo más longevo del país.
El ascenso de Eisenkot, al frente de su partido Yashar (Honesto), ha desplazado a figuras tradicionales como Yair Lapid y Naftali Bennett. Las encuestas, que semanas atrás lo situaban en un segundo plano, ahora lo colocan pisándole los talones al Likud, con una intención de voto que refleja el deseo de una parte significativa de la sociedad israelí de cerrar el ciclo de la «era Netanyahu».
La estrategia de la diferencia
Para los analistas, la fuerza de Eisenkot radica en que, a diferencia de sus predecesores, no intenta ser un «Bibi» mejorado. Mientras Netanyahu se ha consolidado como un animal político capaz de dominar el teatro mediático, Eisenkot apuesta por un estilo «antiteatral»:
- Perfil personal: Eisenkot es de voz suave, metódico y ajeno a los dramas virales. Su biografía, como hijo de inmigrantes marroquíes crecido en la periferia, resuena profundamente en un electorado mizrají que históricamente ha sido el bastión del Likud.
- La narrativa del servicio: Su legitimidad proviene de una vida dedicada a la seguridad nacional, culminada por la tragedia personal de perder a su hijo en combate en Gaza. Este trasfondo le otorga una estatura moral que contrasta con las constantes controversias legales y éticas que rodean al entorno del actual primer ministro.
El ataque del Likud: miedo y polarización
Netanyahu ha respondido con la maquinaria que mejor conoce: la polarización. Bajo el lema «No hay Gadi sin Tibi», el partido oficialista busca etiquetar a Eisenkot como un líder que dependería de legisladores árabes para gobernar. Esta retórica, diseñada para espantar a los votantes de derecha, busca transformar la elección en una decisión binaria entre «seguridad» y «concesiones».
Los desafíos del «polo opuesto»
A pesar del impulso, Eisenkot enfrenta obstáculos monumentales antes de octubre:
- La aritmética de coalición: Incluso si logra superar al Likud en escaños, la formación de un gobierno estable en un bloque tan heterogéneo —integrado por sectores de izquierda, centro y derecha— representa un reto logístico y político de alto riesgo.
- La sombra de su pasado: Aunque su personalidad es opuesta a la de Netanyahu, algunos analistas advierten que, en términos de política exterior y estrategia de defensa, Eisenkot no representa necesariamente un quiebre ideológico radical. Su participación en la cúpula militar durante el inicio de la guerra en Gaza sigue siendo un terreno donde Netanyahu buscará ejercer presión.
- La maquinaria electoral: El primer ministro es un veterano de mil batallas electorales. El aparato del Likud ya tiene en marcha cientos de campañas negativas destinadas a erosionar la imagen de Eisenkot, cuestionando su historial militar y su capacidad para lidiar con las amenazas externas, como Irán.
Una apuesta por la autenticidad
La pregunta central de esta elección no es quién tiene la mejor oratoria, sino qué estilo de liderazgo reclama una sociedad profundamente fracturada por la guerra y la crisis de los rehenes. Anshel Pfeffer, biógrafo de Netanyahu, es claro: el éxito de Eisenkot dependerá de mantener su esencia. Si intenta copiar la agresividad del primer ministro, perderá su ventaja; si se mantiene como su opuesto, podría lograr lo que nadie ha conseguido desde 1996: jubilar políticamente a Benjamin Netanyahu.
