El consumo de carne vacuna en Argentina atraviesa su peor momento en años, con un desplome del 11,1% que empuja el promedio anual a los 47,5 kilos por habitante. Entre la pérdida del poder adquisitivo y una oferta ganadera que aún no logra recuperarse del impacto climático, el sector frigorífico registra niveles de actividad mínimos históricos, dejando en evidencia el cambio profundo en la dieta de las familias.
La crisis del sector ganadero ya no es solo una preocupación de los productores, sino una realidad palpable en el bolsillo y la mesa de los argentinos. Según el último informe de la Cámara de la Industria y el Comercio de Carnes (Ciccra), la faena de los primeros cinco meses de 2026 alcanzó los 4,94 millones de cabezas, un 9,8% menos que en 2025. Este nivel de actividad, el más bajo de la última década, es la consecuencia directa de una liquidación de stock ganadero que se arrastra desde 2022 y que se cobró la pérdida de 3,3 millones de animales en los últimos tres años.
El impacto sobre el consumidor ha sido directo. Con salarios que perdieron la carrera contra la inflación, la demanda interna se retrajo de forma abrupta, provocando que el consumo per cápita cayera por debajo de los 48 kilos anuales. Irónicamente, esta baja en la demanda ha empezado a moderar los precios en mostrador: durante mayo, el valor de los cortes vacunos mostró incluso una leve tendencia a la baja, una señal de alivio que, sin embargo, no logra compensar el deterioro sostenido del consumo familiar.
Mientras el mercado interno se enfría, el frente exportador muestra una transformación en su mapa de clientes. China, el gran motor histórico de las compras argentinas, ha reducido drásticamente su demanda, mientras que Estados Unidos se posiciona como un comprador clave, triplicando sus envíos interanuales. Aunque el volumen total de exportaciones bajó, el incremento de los precios internacionales permitió que el sector sostuviera sus ingresos, un dato que diferencia claramente la rentabilidad de la industria exportadora respecto a la penuria del abastecimiento local.
El desafío para la cadena de la carne es ahora doble. Por un lado, la necesidad de recomponer el stock ganadero mediante una faena de hembras más moderada; por el otro, la urgencia de recuperar un mercado interno que, ante la falta de alternativas, ha comenzado a desplazar al consumo vacuno de forma permanente. En este escenario, la «desaceleración» de precios que se vio en mayo aparece más como un techo de cristal —donde el mercado ya no puede convalidar más aumentos por la falta de dinero— que como una recuperación de la competitividad del sector.
