Radiografía de un IPC que perfora el piso de expectativas pero mantiene la presión sobre el bolsillo.
El dato del 2,1% de inflación correspondiente a mayo, difundido por el INDEC, marca un hito técnico: es el nivel más bajo desde septiembre, ubicándose incluso por debajo de las proyecciones más optimistas del mercado. Sin embargo, detrás de este respiro estadístico se esconde una realidad compleja. Si bien la inflación núcleo —el indicador que excluye componentes volátiles y regulados— perforó el umbral del 2%, el acumulado interanual del 33,2% confirma que el proceso de desinflación es, ante todo, un sendero de extrema fragilidad.
La dinámica de mayo presenta un mapa de luces y sombras. El freno en los precios de la carne, impulsado por la baja en el precio del novillo, actuó como el principal ancla para el rubro de alimentos. Pero este alivio puntual convive con aumentos persistentes en servicios regulados y comunicación, que siguen presionando sobre el costo de vida básico. Mientras los precios estacionales —especialmente verduras— treparon un 3,5%, los sectores de menores ingresos, que destinan una porción mayor de su presupuesto a alimentos, siguen sintiendo el impacto de una canasta que no refleja la «calma» de los índices generales.
El impacto estructural de este dato debe leerse en el marco de una economía que busca estabilizarse tras años de desequilibrios. La caída en el consumo, que suele ser la cara oculta de la desaceleración inflacionaria, advierte que la baja de precios no es necesariamente producto de un crecimiento vigoroso, sino de un enfriamiento sostenido de la actividad. A mediano plazo, la pregunta que se impone es si esta trayectoria descendente será sostenible una vez que se completen los ajustes tarifarios pendientes y se agoten los efectos de la estabilidad en ciertos rubros alimentarios.
Para el ciudadano de a pie, la brecha entre el 2,1% oficial y la percepción de precios en góndola sigue siendo una variable de fricción. Si bien el IPC es un dato técnico positivo para la gestión económica, no logra mitigar la erosión del poder adquisitivo acumulada durante el último año. La estabilidad macroeconómica parece estar a la vuelta de la esquina, pero la recomposición de los ingresos reales sigue siendo la gran asignatura pendiente, condicionada por una inercia de precios que, aunque menos virulenta, no termina de abandonar el terreno de la incertidumbre.
