La disputa virtual entre Santiago Caputo y el entorno de Martín Menem expuso la fractura más profunda en la cúpula de La Libertad Avanza. Mientras los ministros exigen una intervención urgente para frenar la pérdida de credibilidad, el Presidente opta por el «siga, siga» y retoma sus apariciones públicas en el ámbito académico y financiero.
La tregua subterránea que sostenía las distintas facciones del oficialismo voló por los aires este fin de semana, trasladando el conflicto directamente al barro de las redes sociales. Lo que comenzó como un rumor de pasillo devino en una crisis política de magnitud cuando el asesor presidencial, Santiago Caputo, acusó públicamente al entorno del presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, de operar cuentas anónimas con críticas hacia Javier Milei. La violenta exhibición de estas diferencias —que incluyó ironías sobre dirimir las cosas «a los tiros»— encendió las alarmas en un Gabinete que observa con temor cómo la gestión queda paralizada por la pirotecnia tuitera. Casi ajeno al ruego de sus ministros para que ordene la tropa, Milei optó por el repliegue técnico: tras una semana sin actividad, retoma su agenda con una sorpresiva charla en una universidad privada y una disertación macroeconómica en el MALBA.
El detonante de la crisis fue la atribución de la extinta cuenta @PeriodistaRufus al esquema de Menem, un golpe que el riñón de Santiago Caputo ejecutó sin cuidar las formas ni el costo en la credibilidad oficial. Aunque Martín Menem intentó encapsular el daño enviando un mensaje de WhatsApp a su bloque tildando la acusación de «canallada sofisticada» y responsabilizando a un antiguo community manager, la explicación fue recibida con desdén en Balcarce 50. Desde el entorno del consultor recordaron, con sarcasmo, que la excusa del «error del CM» quedó sepultada en la política argentina hace años. La réplica del «karinismo», terminal política a la que responden los primos Menem, lee este ataque en clave electoral: le facturan a los estrategas digitales el resentimiento por haber quedado relegados de las listas de las elecciones del año pasado.
La preocupación real dentro del Poder Ejecutivo no pasa por el folclore digital, sino por el daño reputacional en un momento donde la gestión económica requiere centralidad absoluta. «Han perdido la capacidad de instalar noticias positivas por manejarse así», se lamentaba un funcionario de primera línea. A este internismo feroz se le suma el ruido de fondo de Comodoro Py, donde las causas por presunto enriquecimiento ilícito contra el jefe de Gabinete, Manuel Adorni, siguen sumando fojas. La parálisis política es evidente: no hay fecha para una nueva reunión de la mesa chica y la orden implícita que emana del despacho presidencial es «fingir demencia» y aferrarse a una paz ficticia para evitar que la sangre llegue al río antes de que se consolide el armado legislativo.
La estrategia del «siga, siga» ha sido el manual de cabecera de Javier Milei para resolver las colisiones de su entorno. Sin embargo, con las Fuerzas del Cielo divididas en bandos irreconciliables y la gestión expuesta a filtraciones constantes, el pragmatismo de mirar hacia otro lado empieza a mostrar sus límites. El Presidente confía en que la mística de sus discursos económicos tape el ruido de la micro; la duda en la Casa Rosada es cuánto tiempo más resistirá la estructura antes de que los tiros virtuales se conviertan en bajas reales en el Congreso.
