El ratio de irregularidad en hogares saltó al 11,2% en febrero, impulsado por el encarecimiento de los préstamos personales y el uso de tarjetas de crédito. Es el deterioro más prolongado desde la salida de la crisis de 2001, exponiendo la fragilidad de los ingresos frente al costo financiero.
La salud financiera de las familias argentinas ha ingresado en una zona de alarma tras registrarse el 16º mes consecutivo de deterioro en los niveles de pago. Según el último Informe sobre Bancos del BCRA, la morosidad en el sector privado escaló al 6,7%, pero el impacto es asimétrico: mientras las empresas logran mantener ratios bajos, los hogares enfrentan un escenario de irregularidad del 11,2%, una cifra que no se observaba desde 2004. Este fenómeno no responde solo a un consumo debilitado, sino a una pinza económica donde la caída del ingreso real se combina con las secuelas de las altas tasas de interés del año pasado. La situación es especialmente delicada en el financiamiento al consumo, donde los préstamos personales y las tarjetas de crédito —las herramientas más utilizadas para completar el presupuesto mensual— muestran signos de agotamiento estructural.
El trasfondo de esta crisis de deuda revela una paradoja macroeconómica: a pesar de los indicadores de PBI y consumo privado en niveles elevados, la capacidad de cumplimiento de las familias ha colapsado, pasando de un ínfimo 2,9% de mora hace apenas un año al actual doble dígito. Para los analistas, esto evidencia una economía que crece pero no «derrama», dejando a amplios sectores sociales atrapados en un ciclo de endeudamiento caro. El segmento de préstamos personales es el más afectado, con una irregularidad del 13,8%, seguido de cerca por el financiamiento plástico. Esta dinámica sugiere que las familias están utilizando el crédito no para inversión, sino como un paliativo para sostener niveles de vida que sus ingresos actuales ya no pueden cubrir.
Desde la perspectiva oficial, el Ministerio de Economía atribuye este récord de morosidad a un «coletazo» de las turbulencias políticas de 2025. Luis Caputo sostiene que la normalización vendrá de la mano de una baja de tasas y una inflación controlada, permitiendo que los bancos reprogramen plazos para los deudores. Sin embargo, los datos muestran que el sector corporativo ha navegado mejor la tormenta, con una mora de apenas el 2,9%, lo que refuerza la idea de que la presión financiera está concentrada en el eslabón más débil de la cadena: el consumidor final. Mientras los créditos hipotecarios —atados a garantías reales— se mantienen estables, el crédito «sin red» (personales y otros) se dispara, marcando un récord de riesgo que el sistema financiero deberá digerir en los próximos meses.
La sostenibilidad del consumo privado en la segunda mitad de 2026 dependerá de la celeridad con la que el sistema logre reestructurar las deudas familiares, evitando que el récord de morosidad se transforme en una barrera infranqueable para la reactivación económica.
