¿Es caro pagar $1.700 por un viaje en colectivo? Mientras el Concejo Deliberante de Tucumán estira una decisión inevitable, los números de FATAP confirman que el federalismo es una ficción: en el interior pagamos el doble que en Buenos Aires por un servicio que sobrevive con respirador artificial.
La discusión por el boleto a $1.700 en San Miguel de Tucumán no es solo una pelea de planillas de costos; es la confirmación de que en Argentina existen ciudadanos de primera y de segunda. Mientras en el AMBA se viaja con tarifas de ficción gracias a un subsidio que el resto del país financia, el tucumano se enfrenta a una «tormenta perfecta» donde el derecho a la movilidad está bajo amenaza de extinción. El reciente informe de la Federación Argentina de Transportadores (FATAP) deja al desnudo una realidad irritante: hoy, Tucumán tiene una de las tarifas más bajas del interior ($1.250), pero ese «ahorro» es una trampa. Se paga con frecuencias de 40 minutos, unidades que se quedan a mitad de camino y un sistema que se devora a sí mismo porque el gasoil a $2.100 no entiende de demagogia política.
El ranking de la FATAP es una bofetada al federalismo. Ciudades como Pinamar o San Martín de los Andes ya rozan los $2.600, y Rosario o Córdoba se plantaron en los $1.720. En ese contexto, el pedido de AETAT para nivelar la tarifa tucumana no es un capricho empresarial, sino un síntoma de un sistema quebrado. El dilema de los concejales tucumanos es perverso: si no aumentan, condenan a las empresas a la quiebra y a los barrios a la desconexión total; si aumentan, le asestan un golpe letal al bolsillo de un trabajador que ya gasta más de lo que puede en llegar a su puesto.
La brecha con el Puerto sigue siendo la herida sangrante. Es imposible explicarle a un tucumano por qué su boleto debe subir a $1.700 cuando en la Ciudad de Buenos Aires el pasaje mínimo apenas supera los $700. Esa distorsión de precios es la que permite que un porteño pague un café con lo que un tucumano paga cuatro pasajes de colectivo. Los parches estatales —como los $2.900 millones inyectados recientemente por Provincia y Municipio— son solo una aspirina para un enfermo con neumonía. Sin una ley de subsidios equitativa y una tarifa que cubra los costos mínimos de operación, el «boleto barato» de hoy será el sistema fantasma del mañana.
En definitiva, la discusión ya no es cuánto debería costar el viaje, sino si estamos dispuestos a aceptar que viajar en el interior sea un lujo. La «racionalización» que menciona FATAP es un eufemismo para decir que habrá menos colectivos en la calle y más gente esperando bajo el sol. La política tucumana debe dejar de mirar la encuesta del día y empezar a exigir soluciones de fondo, porque de nada sirve tener un boleto «congelado» si el colectivo nunca pasa.
Tucumán está en la encrucijada definitiva: o acepta la realidad económica de los $1.700 para salvar el sistema, o se prepara para ver cómo las líneas urbanas desaparecen una a una. En la Argentina de 2026, el federalismo ya no se discute en los libros de historia, se sufre cada mañana en la parada del colectivo.
