Los pedidos de interpelación contra el jefe de Gabinete empantanaron el tratamiento de la Ley Hojarasca. En medio de la parálisis legislativa, Mauricio Macri inicia una gira nacional para marcar distancia del Gobierno y consolidar el perfil del PRO de cara a 2027.
El «caso Adorni» ha dejado de ser un ruido mediático para transformarse en un dique de contención para las reformas del Ejecutivo. La estrategia de La Libertad Avanza de priorizar la defensa del jefe de Gabinete en la Justicia y en el recinto ha tenido un costo colateral inmediato: la postergación de la Ley Hojarasca, el ambicioso proyecto desregulador de Federico Sturzenegger. Con la oposición —liderada por el socialismo y el kirchnerismo— oliendo sangre y presionando con pedidos de interpelación y censura, el oficialismo se ve obligado a gastar capital político solo para mantener el quorum. En este escenario de debilidad parlamentaria, el PRO ha decidido que ya no será un «cheque en blanco». Mauricio Macri, tras autorizar comunicados durísimos contra la «soberbia» oficialista, prepara las valijas para una gira que lo llevará por Buenos Aires, Mendoza y Entre Ríos, enviando un mensaje nítido: el apoyo al cambio no implica sumisión a las formas de la Casa Rosada.
La Ley Hojarasca, que busca derogar normativas centenarias —desde regulaciones de mapas hasta trabas de producción obsoletas—, tenía fecha de debate para el 20 de mayo. Sin embargo, el presidente de la Cámara, Martín Menem, reconoce en la intimidad que los votos hoy están «atados» a la suerte de Adorni. El bloque libertario sabe que pedirle ayuda al PRO o a los bloques dialoguistas para blindar al jefe de Gabinete agota la capacidad de negociación para las leyes de fondo. «Si nos ayudan con lo de Adorni, después nos cobran el favor con Hojarasca», admiten fuentes legislativas. Mientras tanto, el PRO juega al misterio: aunque niegan haber pedido una moción de censura contra el funcionario, su ausencia en las mesas de decisión es total. El diálogo institucional está roto, y figuras como Diego Santilli y Cristian Ritondo intentan tender puentes con intendentes bonaerenses, pero siempre bajo el paraguas de un Macri que ya no oculta su malestar.
El despliegue de Macri no es casual. Su agenda comienza este viernes en Vicente López junto a Soledad Martínez, sigue con un cónclave de legisladores provinciales y termina en tierras de gobernadores aliados como Alfredo Cornejo y Rogelio Frigerio. Bajo el eslogan «próximo paso», el exmandatario busca reflotar la identidad amarilla y capitalizar el descontento de aquellos sectores que apoyan el rumbo económico pero rechazan los escándalos patrimoniales en el entorno de Javier Milei. En la Casa Rosada esperan que el Mundial de Fútbol actúe como un bálsamo que desvíe la atención pública, pero en el Congreso saben que, tras el silbato final, comenzará la verdadera temporada de candidaturas, con un Macri que ya se mueve como el dueño de la llave de la gobernabilidad.
El Gobierno se enfrenta a una encrucijada: sostener a un jefe de Gabinete herido a costa de sus reformas estructurales, o ceder ante un Macri que vuelve a caminar el país con ambiciones renovadas. El invierno político se anticipa frío en los despachos de La Casa Rosada
