Argentina atraviesa un momento bisagra que expone una grieta profunda: la que separa el éxito técnico de los indicadores macroeconómicos de la angustia financiera de millones de argentinos. Mientras el Gobierno celebra el equilibrio fiscal y el control inflacionario, los datos de morosidad crediticia —tanto de personas como de empresas— nos devuelven una realidad mucho más cruda, que ya no puede etiquetarse como coyuntural, sino como una emergencia estructural.
Es innegable que la estabilización es una condición necesaria, pero la pregunta que empieza a incomodar es si el modelo es sostenible cuando los cimientos sociales crujen. Con 9,7 millones de personas bancarizadas presentando atrasos en sus pagos, el 27,1% del total, estamos ante una señal de alerta que trasciende los números del riesgo país. La «macro» marcha, pero la «micro» sufre un desgaste que no parece tener techo en el corto plazo.
El informe de Fidelitas desnuda una dinámica peligrosa: el spread descomunal entre las tasas activas y pasivas impide que el crédito se convierta en una herramienta de alivio para el consumo. Sin una recuperación real del ingreso disponible, los morosos están atrapados en un círculo vicioso donde la única salida es, precisamente, la que hoy parece ausente: una reactivación del mercado interno que permita recomponer el tejido productivo.
La recuperación que pregona el oficialismo es, por ahora, una foto partida en dos. Mientras los sectores de energía, minería y exportación traccionan los índices, la industria pyme y el comercio —esos que dan empleo masivo— siguen en terapia intensiva, lidiando con deudas y embargos que asfixian cualquier intento de reinversión. El dato de la UIA es elocuente: casi la mitad de las empresas industriales enfrenta atrasos en sus compromisos financieros.
La estabilidad es el punto de partida, no la meta. El Gobierno ha logrado «blindar» el tipo de cambio y calmar las aguas financieras, pero la economía real no vive de expectativas, sino de ventas y flujo de caja. Si el éxito macroeconómico no logra «contagiar» a los sectores que hoy están bajo presión, el riesgo social terminará condicionando los resultados alcanzados hasta el momento.
Estamos ante el verdadero desafío de la transición: transformar la confianza en inversión y la inversión en crecimiento amplio. Porque, en última instancia, una economía que ordena sus cuentas a costa de una morosidad que se vuelve estructural corre el riesgo de construir un edificio brillante sobre un terreno que se hunde. La estabilidad sin reactivación no es un modelo sostenible; es, apenas, una espera paciente.
