Un análisis sobre la recomposición de tarifas de gas y electricidad y su peso decisivo en el índice de precios de marzo y abril.
Los datos preliminares de abril marcan un punto de inflexión estadístico: por primera vez en casi un año, el Índice de Precios al Consumidor (IPC) se encamina a romper la inercia alcista que lo llevó a superar el 3% en marzo. Este respiro, motorizado por una dinámica de alimentos significativamente más calma en el NOA y Cuyo, responde a una combinación de factores estacionales —como el fin del shock en el precio de la carne— y una estrategia de «ancla cambiaria» favorecida por el ingreso de divisas de la cosecha gruesa. Sin embargo, el análisis de fondo revela que el «arrastre» de los servicios públicos y los combustibles continúa operando como un piso rígido que dificulta una convergencia rápida hacia niveles inferiores al 2%.
El examen de los componentes del índice muestra una divergencia clara entre los precios estacionales y los regulados. Mientras que rubros como alimentos y carnes han completado su ciclo de traslado a precios (un 37% acumulado desde noviembre), el sector de los servicios públicos y la energía ha pasado a liderar la dinámica inflacionaria. En marzo, los regulados explicaron un tercio de la inflación general, impulsados por ajustes en transporte y tarifas que, según consultoras como Fundación Capital y EcoGo, seguirán presionando el indicador en abril con un impacto de al menos 0,8 puntos porcentuales.
La preocupación central para los analistas radica en la inflación núcleo (o subyacente), que se mantiene en la zona del 2,6%. Este dato sugiere que, más allá de los choques transitorios de los combustibles, existe una inercia de costos y expectativas que resulta difícil de perforar. El «ancla» que representa la estabilidad del tipo de cambio nominal para los próximos 200 días es una apuesta de corto plazo para recomponer expectativas, pero enfrenta el obstáculo de un contexto internacional más adverso, signado por la suba de commodities energéticos y costos de insumos importados.
Desde la perspectiva regional, es notable que las menores variaciones se detecten en el Noroeste (NOA), lo que podría indicar un agotamiento del poder adquisitivo en el consumo masivo local que impide nuevos traslados a precios. No obstante, el desfasaje en los precios relativos —donde las tarifas de servicios aún buscan alcanzar a los precios privados como telecomunicaciones y prepagas— indica que el proceso de desinflación no será lineal.
El éxito del programa económico en el segundo trimestre dependerá de si la desaceleración de abril logra consolidarse como una tendencia. Si el IPC logra estabilizarse por debajo del 3%, el Gobierno ganará margen político para continuar con la normalización de las tarifas sin disparar una nueva espiral. Sin embargo, la persistencia de una inflación núcleo elevada indica que el mercado aún no descuenta una victoria definitiva sobre la inercia, y cualquier volatilidad en el frente cambiario post-cosecha podría comprometer el alivio que hoy muestran las estimaciones privadas.
